Humildad y Amabilidad: Virtudes que construyen la unidad
Publicado el 10 Aug 2025 por Vicaria San Juan XXIII (San Juan XXIII)
En el corazón del Evangelio resuena una frase que ilumina toda la vida cristiana: “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4,8). No se trata de un lema espiritual bonito, sino del fundamento mismo de nuestra fe y misión. Pero el amor cristiano no es una idea abstracta: se concreta en actitudes diarias. Entre ellas, dos virtudes son imprescindibles para vivir el mandamiento nuevo de Cristo: la humildad y la amabilidad.
En una diócesis como la nuestra, donde la vida parroquial, los grupos de apostolado y las comunidades religiosas trabajan codo a codo, estas virtudes son el aceite que permite que la maquinaria eclesial funcione con armonía. Sin humildad, el amor se vuelve orgulloso y exige reconocimiento. Sin amabilidad, el amor se torna áspero y aleja a quienes deberían sentirse acogidos.
Fundamento bíblico y doctrinal
La Sagrada Escritura enseña: “Dios se opone a los orgullosos, pero da su gracia a los humildes” (Stgo 4,6). La humildad no es humillarse innecesariamente, sino reconocer que todo bien proviene de Dios y que somos llamados a servir y no a ser servidos (cf. Mc 10, 45). San Pablo exhorta: “Sean humildes y amables; sean pacientes y tolérense unos a otros con amor” (Ef 4, 2), poniendo ambas virtudes como base de la unidad eclesial.
El Papa Francisco recuerda que la santidad no se vive en un ideal lejano, sino en gestos concretos: soportarnos mutuamente y tratar con amabilidad incluso en lo pequeño [1]. San Agustín enseñaba que si quieres construir una casa de virtudes, la humildad debe ser el cimiento [2]. La Tradición de la Iglesia ha visto siempre en la humildad “la base de todas las virtudes” [3] y en la amabilidad “la flor de la caridad” [4]. El P. Royo Marín subraya que la amabilidad es la expresión visible de la caridad y que sin humildad esta no se mantiene estable [5].
Vivir estas virtudes en la vida cotidiana de los laicos
En la familia, la humildad se manifiesta en reconocer errores, en pedir perdón y en aceptar consejos, incluso de los más jóvenes. La amabilidad se vive en palabras que construyen, en gestos de ternura y en la paciencia cotidiana. Un hogar humilde y amable se convierte en escuela de paz y fe para los hijos.
En el trabajo, la humildad ayuda a valorar los aportes de los demás y aceptar críticas sin resentimiento. La amabilidad es la cortesía que suaviza las tensiones, incluso cuando las exigencias laborales son altas.
En la escuela, tanto alumnos como profesores pueden practicar la humildad evitando comparaciones dañinas y la amabilidad ofreciendo un trato respetuoso a todos, incluso en medio del desacuerdo.
En los grupos parroquiales, la humildad abre el corazón para escuchar y valorar otras opiniones, mientras la amabilidad crea un clima fraterno que refleja el rostro acogedor de Cristo.
En la vida comunitaria y apostólica de religiosos y religiosas
En las comunidades religiosas, la humildad y la amabilidad no son opcionales. La vida fraterna implica diferencias de carácter, de formación y de visión pastoral. Sin humildad, estas diferencias se convierten en divisiones; sin amabilidad, la corrección fraterna se vuelve áspera y poco evangélica.
El P. Alonso Rodríguez enseña que la humildad permite recibir la corrección con espíritu de mejora, y la amabilidad hace que esa corrección se dé sin herir [6]. Fr. Antonio Royo Marín, gran maestro de la Orden de Predicadores, añade que cuando ambas virtudes se viven, la comunidad se convierte en signo visible del amor trinitario [7].
Obstáculos comunes y remedios espirituales
El Dr. Pbro. Adolphe Tanquerey, identifica tres enemigos de la humildad: el amor propio desordenado, la vanidad y el deseo de imponerse [8]. Estos se combaten con oración frecuente, meditación de la Pasión de Cristo y examen de conciencia diario.
Por otro lado, el P. Lawrence Lovasik, en su provechosa obra El poder Oculto de la Amabilidad señala que la falta de amabilidad suele provenir del cansancio, la impaciencia y la falta de dominio propio [9]. Para remediarlo, propone cuidar el tono de voz, practicar actos pequeños de cortesía y recordar que cada persona es imagen de Cristo (cf. Mt 25, 40).
San Francisco de Sales, gran maestro de la vida espiritual y doctor de la Iglesia, aconsejaba: “Un alma que está verdaderamente en paz y en humildad no se inquieta por nada y trata a todos con dulce amabilidad” [10].
Humildad y sinodalidad: un mismo camino
La sinodalidad, tan enfatizada por el Papa Francisco, no es solo un método para tomar decisiones, sino un estilo de vida eclesial. Supone caminar juntos, escucharnos y discernir en comunidad. Esto requiere humildad para acoger el parecer del otro y amabilidad para expresarnos de modo que nadie se sienta excluido.
En nuestra diócesis, el trabajo conjunto de parroquias, movimientos, colegios y comunidades religiosas es un laboratorio donde estas virtudes se ponen a prueba cada día. El testimonio de comunión que damos depende en gran medida de nuestra capacidad de vivir con un corazón humilde y un trato amable.
Ejemplos concretos de aplicación pastoral
En una reunión parroquial: escuchar a quien tiene una propuesta diferente sin interrumpirlo, agradecer su aporte y discernir juntos.
En la catequesis: mostrar paciencia con los niños inquietos, corrigiendo con ternura y reforzando lo positivo.
En la liturgia: respetar los roles asignados, sin buscar protagonismo, recordando que servimos a Cristo, no a nuestra propia imagen.
En la pastoral juvenil: corregir y enseñar con compasión y con verdad. Los jóvenes buscan respuestas para todo y comúnmente percatan los ambientes de la Iglesia como hostiles y anticuados.
Un compromiso diocesano
La humildad y la amabilidad no son metas lejanas, sino virtudes posibles con la gracia de Dios y la práctica constante. No se adquieren de un día para otro, pero cada pequeño esfuerzo cuenta.
En la Diócesis de Nezahualcóyotl, donde abundan servidores generosos, cultivar estas virtudes será el signo más claro de que el amor de Dios está presente entre nosotros. Recordemos que toda obra evangelizadora será estéril si no nace de un corazón humilde y se comunica con un trato amable. Así, haremos vida el mandato de 1 Jn 4,8 y seremos verdaderamente una Iglesia que camina unida en el amor.
Por: Uriel Martínez Juárez
Referencias
[1]: PapaFrancisco, Gaudete et Exsultate, n. 74.
[2]: San Agustín, Sermón 69, PL 38.
[3]: Rodríguez, A. (1995). Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, p. 245.
[4]: Lovasik, L. (2002). El poder oculto de la amabilidad, p. 12.
[5]: Royo Marín, A. (1991). Teología de la perfección cristiana, p. 308.
[6]: Rodríguez, A. (1995). Ejercicio de perfección y virtudes cristianas, p. 312.
[7]: Royo Marín, A. (1991). Teología de la perfección cristiana, p. 309.
[8]: Tanquerey, A. (2005). Compendio de teología ascética y mística, p. 412.
[9]: Lovasik, L. (2002). El poder oculto de la amabilidad, p. 18.
[10]: Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, Parte III, cap. VIII.