Misa Crismal: la Iglesia diocesana renueva su unción y su misión sacerdotal
Publicado el 02 Apr 2026 por Diócesis de Nezahualcóyotl (Comunicaciones)
En un ambiente de profunda comunión eclesial y fe viva, la Diócesis celebró la Misa Crismal, una de las celebraciones más significativas del año litúrgico, presidida por el señor obispo y concelebrada por el presbiterio diocesano. Este momento privilegiado manifiesta de manera visible la unidad de la Iglesia en torno a su pastor y la centralidad del ministerio sacerdotal al servicio del Pueblo de Dios.
La celebración estuvo marcada por dos momentos esenciales que iluminan la vida y misión de la Iglesia: la bendición de los santos óleos y la renovación de las promesas sacerdotales.
La unción que da vida a la Iglesia
Durante la liturgia, el obispo bendijo el Óleo de los Catecúmenos y el Óleo de los Enfermos, y consagró el Santo Crisma, signos sacramentales que acompañan la vida cristiana desde su inicio hasta los momentos de mayor fragilidad.
Estos óleos no son simples elementos rituales, sino expresión concreta de la acción del Espíritu Santo en la vida de los fieles. Como se recordó en la homilía, “desde el mismo día de nuestro bautismo, la unción nos acompaña”, haciéndose presente en los momentos clave de la existencia cristiana: el Bautismo, la Confirmación, la Unción de los Enfermos y el Orden sacerdotal.
En este contexto, resonó con fuerza la certeza que da sentido a toda la celebración: “El Espíritu del Señor está sobre mí” . Esta afirmación, tomada del profeta Isaías y asumida por Cristo, se convierte en fundamento de la vida cristiana y de la misión de la Iglesia.
La homilía subrayó que, en medio de un mundo marcado por cambios constantes e incertidumbres, esta unción es la que sostiene, fortalece y da firmeza: no es en las propias fuerzas donde se encuentra la respuesta, sino en la acción de Dios que actúa en nosotros.
Sacerdotes ungidos para servir
El segundo momento central fue la renovación de las promesas sacerdotales. Ante el obispo y el Pueblo de Dios, los sacerdotes reafirmaron su compromiso de fidelidad a Cristo y a la Iglesia, renovando el “sí” que un día pronunciaron en su ordenación.
Este gesto no es meramente simbólico, sino profundamente espiritual: recuerda que el sacerdocio nace de una unción y se sostiene en ella. Como se expresó en la homilía, uno de los mayores desafíos hoy es precisamente este: “recordar que hemos sido ungidos por el Espíritu Santo” .
En una realidad compleja y exigente, el sacerdote está llamado a vivir desde esta conciencia, no confiando únicamente en sus capacidades, sino en la gracia que lo configura con Cristo. De ahí la invitación a una vida de oración constante, a una relación viva con Dios, en la que el sacerdote —como todo discípulo— aprende a decir con humildad: “Señor, no puedo, no sé, ayúdame”.
La comunidad diocesana, por su parte, fue invitada a reconocer, agradecer y acompañar a sus sacerdotes, quienes, “en medio de tantas dificultades, siguen sirviendo con fidelidad en sus parroquias y encomiendas” .
Una Iglesia que anuncia esperanza
La Misa Crismal no solo mira al interior de la Iglesia, sino que la proyecta hacia su misión. En un mundo que, como se señaló, “tiembla” ante los cambios y las crisis, muchos hombres y mujeres buscan una palabra de sentido, una luz, una esperanza.
En este contexto, la Iglesia está llamada a responder no desde estrategias humanas, sino desde la fuerza del Espíritu. Como recordaba Papa Francisco, no se trata de repetir esquemas del pasado, sino de dejarse renovar por el Espíritu para ser creativos y audaces en la evangelización.
La unción recibida no es un privilegio, sino una misión: ser “sal de la tierra y luz del mundo”, llevando al corazón de la sociedad el consuelo, la verdad y la esperanza que vienen de Dios.
Proyección pastoral: vivir desde la unción
Esta celebración deja a la comunidad diocesana una enseñanza clara y exigente: vivir con conciencia de haber sido ungidos por el Espíritu Santo.
Para los sacerdotes, es un llamado a renovar su entrega con fidelidad, oración y confianza en la gracia. Para los fieles, una invitación a descubrir que también participan de esta unción y están llamados a transformar su realidad cotidiana desde el Evangelio.
Porque, como se proclamó con fuerza al final de la reflexión, la clave no está en las propias capacidades, sino en esta certeza que sostiene toda la vida cristiana:
“Si el Espíritu del Señor está sobre nosotros, entonces podemos permanecer firmes, anunciar con valentía y llevar esperanza” .
Así, la Misa Crismal se convierte no solo en una celebración litúrgica, sino en un renovado envío misionero para toda la Iglesia.